Los remedios de la abuela: Mitos y verdades de la medicina casera – Valeria Edelsztein

Los borrachos y los niños siempre dicen la verdad… pero la fuente más autorizada a opinar sobre la salud propia y la ajena son, sin duda, las abuelas. ¿A quién no mandaron alguna vez a dormir “para crecer”? Por supuesto, ellas saben perfectamente que durante la noche -y el sueño- se secreta la hormona de crecimiento, que nos estira en los años mozos. Además de deleitarnos con postres de abuela (y torres de caramelo), siempre sabrán ofrecernos el remedio justo para el dolor de garganta, la tos o el mal de amores. Y ya se sabe: lo que no mata, engorda (o cura).

Seguramente estos remedios abuelísticos provienen de una larguísima tradición de prueba y error: históricamente, la mejor farmacia fue siempre la naturaleza. Y quien conociera sus secretos -llámese brujo, sacerdote o cirujano- tenía poder sobre sus compatriotas aquejados de dolor de muelas o acné juvenil. Tal vez allí, en esta búsqueda permanente de las propiedades insospechadas de las plantas o los bichos, haya nacido la farmacología, ya compendiada en los treinta y siete tomos de la Historia Natural, de Plinio, o los modestos (pero fascinantes) cinco libros de la Materia Médica, de Dioscórides. Por sus romanas páginas pasan la hierba escita, la británica o la etíope (“de las tierras quemadas por las estrellas”) y otros poemas.

Además, este muchacho Dioscórides (Pedanio, para los amigos) no sólo describió hierbas y minerales que sentarían las bases de su farmacia amiga, sino que se dedicó a indicar cómo recolectar hojas, raíces y frutos, su conservación, la obtención de jugos y hasta la utilidad de vasos de bronce o de estaño para su administración.

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