Menos miedos, más riquezas – Juan Diego Gómez Gómez

Para qué caminar, si puedes volar

El miedo a la oscuridad hizo que inventáramos la bombilla; el miedo a la enfermedad hizo que descubriéramos la medicina; el miedo a la soledad hizo que buscáramos compañía. ¿Ves cómo el miedo es una poderosa fuente de progreso?

“Señores y señoras, estamos atravesando una zona de turbulencia; favor regresar a sus asientos y ajustar sus cinturones”. ¿Les suena conocido? Sí, claro, son las palabras del capitán de un avión en pleno vuelo. Voy rumbo a dictar una conferencia y afuera las condiciones climáticas no son las mejores para un vuelo tranquilo y sin sobresaltos; sin embargo, para mí ese momento es el mejor para inspirarme y pensar en lo que puedo hacer con esta experiencia.

El avión se sacude una y otra vez, las montañas rusas que tanto me gustan vienen a mi mente, mientras que mis vecinos de puesto ponen cara de terror. Me ilumino y pienso: ¿qué es lo peor que puede pasar aquí? Dos escenarios emergen: en el primero, nada pasa, el clima mejora, la pericia del piloto permite sortear sin contratiempos el impase y Dios recuerda que en este avión seguramente hay muchas personas con propósitos de vida por cumplir. Si ese primer escenario es el que llego a vivir, pienso, más vale que ponga mi cuerpo y mi mente en lo que yo llamo “modo nevera”, es decir, frío, imperturbable, que viva el momento y que me visualice incluso dando una conferencia en la que digo que, ante tales circunstancias, me relajé y disfruté pues estuve siempre seguro de que nada pasaría.

Así, con eso en mente, mi versión final de esa primera posibilidad sería aún más épica: “he aquí a una persona que dentro de un avión meciéndose a más de diez mil pies de altura, no se alteró, no se inmutó, es más, disfrutó de lo que ocurría”. Esta versión de lo que hubiera podido pasar me gusta, lo reconozco, pero no puedo evitar imaginar el otro escenario.

En esta segunda posibilidad, el piloto a pesar de sus esfuerzos no consigue controlar la nave y el avión se parte en pedazos, contra una montaña, el mar, o qué sé yo, contra cualquier cosa que nos produjera la muerte inmediata a mí y a los demás pasajeros. Si eso pasara, pensaba, ¿para qué me iba a preocupar más, si tras morirme, ya no iba a tener nada de qué preocuparme? La muerte señalaría el final de todo. De manera que no había otro camino que vivir la turbulencia, sin saber cuál sería su desenlace, con intensidad y sin pensar más allá que en el momento presente.

Recuerdo que, en efecto, a mis hijos les dije que la turbulencia equivalía a una fascinante montaña rusa en un parque de diversiones. Lo hice la primera vez que la vivimos juntos en medio de un vuelo. Puse cara de estarme divirtiendo, nada lejos de la realidad ya que personalmente la disfrutaba; después, cuando en un vuelo tranquilo ya no había turbulencia, ellos la añoraban y la reclamaban.

De cada quien depende cómo se viven las circunstancias de la vida y en una como esa, en la que no tienes el control, lo que pienses al respecto te podrá hacer sentir más o menos tranquilo. Al final de la anécdota, y por fortuna, el primer escenario se impuso y llegamos con vida a nuestro destino.

Como asesor, tengo encuentros presenciales y por Internet desde hace muchos años con personas de todo el mundo. He podido escuchar testimonios de muchos orígenes y en todos ellos hay algo que surge con mucha frecuencia: los miedos. Estos se disfrazan de mil maneras, pero en todos los casos pregunto: ¿qué es lo peor que podría pasarte si aquello a lo que temes ocurre? Las respuestas son muy variadas, por cierto, y ante cada una pretendo mostrar una realidad que sea grata, sin importar cuál sea el desenlace. A esas personas les digo, por ejemplo: ¿tú sabes que si no hubiera tenido la fortuna de ser despedido de un empleo que no disfrutaba, no estaría hablando aquí contigo? ¿Tú sabes que de no haber fallado en cada uno de los primeros diez negocios que hice en el mercado Forex en el 2004, no habría sido tan exitoso como lo fui del 2005 al 2008? ¿Sabes que si no hubiera sido por la brutal turbulencia que viví a bordo de un avión, quizás no me habría inspirado para empezar a escribir Menos miedos, más riquezas? Si de todas maneras gané, y ten presente que te estoy incluyendo resultados que en apariencia no son favorables, como un despido, una pérdida económica y una turbulencia, ¿de qué te preocupas si igual puedes ganar con cara o con sello, con un resultado o con otro?

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