La una – Max Aub

Los mástiles de los barcos traíanle los palotes que hiciera, cuando niña, en el colegio. Y aquella sala tan grande y tan vacía que parecía el puerto en tarde de domingo. El cielo era aquel papel cuadriculado de su cuaderno, hilos de telegrafía sin ellos, velas en potencia, jarcias, palotes rectos —¡qué bien había terminado la línea!— y otros temblorosamente inclinados, llamados hacia el mar. Las grúas, los acentos circunflejos de los tinglados, los barriles, las cajas, los sacos, las chimeneas: todo menos los barcos; las maderas, los carros, los camiones, el carbón: todo menos el mar. Y el sol sobre cubierta tropezando sin ton ni son. Distinto en cada barco según su matrícula, cada buque llevaba en la tarde un pedazo de su sol natal formando en los muelles un abigarramiento entusiasta; la luz tomaba los colores de sus banderas, no los colores vivos de los oriflamas —bleu, blanc, rouge de la Francia; rojo, amarillo de la España; schwarz, weis, rot de la Alemania— sino los colores ideales de los países: Rusia toda blanca, China amarilla. India verde, Argentina azul celeste, Panamá pajizo, México café con leche, Estados Unidos cinc y ese sonrosado indefinido de los países escandinavos. La tarde parecía un traje de arlequín.

La ventana era su vida. El único hombre que veía el. mar, allí arriba, con un catalejo y avisaba al puerto de lo que océano afuera pasaba, no pudo jamás ver tanto mar como el que ella veía, cerrados los ojos, la cabeza descansando en sus manos y sus codos en el alféizar de su ventana: Hong-Kong, Manila, Sidney y su amor. El puerto era una circunferencia y a ella le dolían las manos al recordar en el atardecer los palotes de su viejo cuaderno hasta entonces olvidado.

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