La cruz y la espada – Eligio Ancona

Nací noble. Mi padre era poseedor de un rico mayorazgo, cuyos productos le bastaban apenas para sostener lo que él llamaba el lustre de su casa. Su familia era numerosa, porque aunque solo tenía cuatro hijos, había una muchedumbre de criados y lacayos inútiles que solo el lujo podía hacer parecer necesarios. Habitábamos un palacio en Sevilla, que periódicamente era el teatro de un sarao, de una comilona o de un festín cualquiera, con que mi padre obsequiaba a la nobleza de la ciudad. Mientras fui niño, me creí uno de los seres más felices de la tierra. Vivía con todas las comodidades que proporciona la riqueza; cuantos me veían me abrazaban y me llamaban hermoso y todo el mundo me prodigaba regalos. Pero al fin llegué a advertir que mi padre era el que menos me acariciaba, que mi madre solía abrazarme llorando y que mi hermano mayor era el principal objeto de los desvelos de ambos. ¡Ay! yo era el último de sus hijos, y como a todos los segundones, el porvenir más brillante que me aguardaba era la Iglesia. Desde que nací se pronunció sobre mi cuna el fallo inexorable, y la primera palabra que hirió mis oídos de niño fue la de frailecico, apodo que inventó para designarme el cariño de mi padre, la única vez que se ocupó de mí. ¿Para qué había de molestarse en pensar en un hijo que de nada podía servirle? Tenía un primogénito que era el único heredero de su nombre, de sus títulos y riquezas, y después de haber educado a este lo suficiente para sostener el lustre de la familia de sus antepasados, creyó cumplida su misión sobre la tierra.

Formato:  pdf Comprimido:  Sí Peso:  1.06 MB Lenguaje:  Español

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