Historia de perros – Leonidas Barletta

La casa era de madera, pintada de rojo. Un cuadrado de tierra con algunas plantas y después la habitación, con su ventana. Detrás, con materiales diversos se había construido la cocina; pero el pasillo de la galería estaba hecho de mosaico con guardas y debajo de la bomba-sapo había una tina y una tabla sobre dos ladrillos para no encharcarse los pies. En los fondos se alzaba el gallinero y parte de su cerco había sido sustituido por un viejo elástico de cama. En esa casa el destino había congregado a cinco seres que resbalaban sobre la superficie de la vida. Tres eran los hijos: Alberto (a éste costó más trabajo ponerle nombre), Mario y Pedrito.

Este último había sido el más solicitado por la Muerte; al fin, tanto había suplicado la pobre mujer, que se lo había dejado, junto con dos arrugas en la frente. La madre era fuerte y sanota. Pero después que vino el primero la llamaron doña. (Y usted sabe, el empacho se cura tirando de la piel de la espalda de la criatura y viene el sarampión y la escarlatina y todos los días la muerte nos acosa para mantenernos vivos.) Después llegaron los otros y donde más señales deja si tiempo es en la piel de las manos.(Lo más extraño de todo esto es que la madre también crece, como los niños.) A él (al marido, doña María lo nombra “él”) nunca le falta su camisa limpia y a veces fuma durante la noche sentado en la cama porque le duelen las muelas. Pero, con todo, pudo comprar un terreno y levantar esa casita de madera. Quería poner un gallito de lata en el techo y valen más que una pileta de tierra romana.

Hay que seguir pagando, es cierto; pero, después, la casa es de uno. Y ya están todos dentro y doña María es la única que no deja su casa. Su marido va a trabajar todo el día, sus hijos van a la escuela; pero ella no pasa del portoncito del alambrado. A veces, deja de lavar, se seca las manos apurada, en el delantal, y sale a la puerta, con las narices estremecidas, como si olisqueara algún suceso en el aire. Sí; ella espera siempre que suceda algo. De pronto (¡qué sé yo!, un personaje extraño va a venir por el medio de la calle, con pasos lentos, como el judío de las colchas, y va a repartir la felicidad para todos, como reparten las muestras gratis de cacao. O llegará una paloma blanca, o una nube con un gran arcoiris (¡qué sé yo!); pero algo tiene que suceder.

Formato:  pdf Comprimido:  Sí Peso:  0.56 MB Lenguaje:  Español

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