Elefante – José Altamirano

A pesar de contar sólo ocho rebrotes desde su nacimiento, Yediel estaba presente en la Asamblea por su privilegiada condición de sucesor. Imbuido de tan alta responsabilidad, el niño observaba con expresión grave a Samur, su padre y actual Custodio, quien sentado con las piernas cruzadas bajo el cuerpo y el rostro oculto tras las manos nervudas, atendía el parlamento con la concentración esperada de quien asumiría la responsabilidad en una decisión crucial para la vida de la tribu. Yediel se abstrajo de la letanía monótona y pausada del Destacado que hablaba en ese momento y pasó detalle al entorno familiar de la caverna, la más pequeña de las tres que albergaba al Pueblo. Habitada solamente por el Custodio, su familia y por el Dios, el resto de los integrantes del Pueblo se apretujaba en las restantes, cosa que para Yediel era motivo de envidia. Es que la caverna del Custodio era más difícil de calentar y la vida se tornaba mortalmente aburrida cuando el frío los confinaba en ella a veces durante días o incluso semanas y no les permitía siquiera ver a sus vecinos. «Como ahora», pensó Yediel, tiritando pese a estar sentado junto al avaro calor que despedían al quemarse unos leños mojados y humosos mientras afuera la tempestad rugía mordiendo el filo de los riscos, gemía a través de resquicios y hondonadas y sacudía a su capricho la compacta sábana de gruesos copos de nieve que enmascaraban de alucinante blancura al paisaje agreste y mortificado. La tormenta se prolongaba en el tiempo y la hambruna encendía los ojos con brillo demente y animal, cerrando caminos posibles y apurando decisiones.

Formato:  pdf Comprimido:  Sí Peso:  0.01 MB Lenguaje:  Español

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