Dos ladrones imperfectos – Arturo Alape

Hace diez años murió Justiniano, en una absurda y confusa situación. Cuando vi su rostro empolvado y acicalada, por la ventanilla del ataúd como si estuviese profundamente dormido, sentí un dolor que desgarró mi alma por la pérdida del amigo de tanto tiempo en la vida. Veinte años de amistad son huella perdurable. Pero a la vez, lo confieso, ese dolor fue atravesado por el escozor de la duda, al conocer detalles sobre su muerte y especialmente al descubrir en boca de Venancio, quien lo acompañaba en esos terribles instantes, la realidad oculta de su oficio. No concibo que la mentira hubiera empañado nuestra amistad, como el polvo acumulado en los vidrios de las ventanas de un viejo y destartalado bus de nuestra hermosa capital. Justiniano y Venancio, fueron unos mierdas mentirosos con nosotros, es decir con Pedro y conmigo, el resto del Cuarteto. Y los dos fuimos unas solemnes huevas, inocentes hasta morir, blancas palomas de la honestidad. Éramos inseparables.

En el velorio estuvimos Pedro y yo, sus dos hijos, su señora madre, tres o cuatro parientes lejanos y además, tres sujetos desconocidos, imagino hoy que hacían parte del combo del oficio oculto de Justiniano. La ausencia de Venancio esa noche, la asumimos con Pedro como complejo de culpabilidad por la pérdida de nuestro amigo. También la mujer de Justiniano estaba inconsolable. Nada paraba su llanto. Ella no se explicaba la muerte de su marido, como tampoco el secreto tan bien guardado sobre sus andanzas. A ella le mintió durante los diez años que hicieron vida marital, sobre su verdadera condición humana. Esa noche, por momentos se abrazaba al féretro y lloraba por su muerte. En otros, lo maldecía, pedía a gritos que nunca encontrara la paz en el eterno deambular por los infiernos, en castigo por tantas mentiras sembradas en su vida.

Formato:  pdf Comprimido:  Sí Peso:  0.07 MB Lenguaje:  Español

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