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365 momentos clave de la historia de España – Stanley G. Payne

Ningún otro país de Occidente tiene una historia tan larga, extraordinaria, exótica y llena de altibajos como España, y ninguna otra historia ha suscitado tanta controversia y denuncia —en el extranjero y aquí— como la de este país, que a menudo ha sido objeto de tergiversación y de una nefasta comprensión. Aunque la animadversión contra España, tan intensa durante siglos, prácticamente ha desaparecido, en ninguna otra nación de Occidente la versión negativa de su pasado ha sido tan extensamente asimilada.

La historia siempre es un asunto complicado que genera fuertes debates como consecuencia de la investigación y de los cambios de perspectiva. Aunque el término «revisionismo» tiene un cariz negativo para numerosos historiadores y comentaristas españoles, el revisionismo serio, empírico y objetivo es fundamental en una disciplina que debe estar sometida constantemente a la mejora y el enriquecimiento. Como dijo Marcelino Menéndez Pelayo, «nada envejece tan pronto como un libro de historia. El historiador está condenado a ser un estudiante perpetuo». Los que no reconocen la verdad de esta frase no pueden considerarse buenos historiadores.

Existe controversia no tanto sobre cuándo empieza la historia de España, sino sobre cuándo comienza la historia de los españoles; es decir, la discusión principal no es sobre la historia de un territorio concreto, sino sobre cuándo se inicia la historia de un determinado grupo de gente con una cultura reconocible. Es evidente que los primeros datos escritos son de época romana, así como muchas de las raíces fundamentales, como la lengua y la religión. Los visigodos constituyeron el primero de los nuevos reinos germánicos —el primer estado independiente que dominaba toda la Península— y lograron cierta identidad (aunque limitada) con una monarquía institucionalizada, una estructura eclesiástica bien organizada y un cuerpo de leyes unido. Sin embargo, Américo Castro insistió en que «los visigodos no eran españoles», y tenía razón. Las instituciones y estructuras perdurables, una cultura singular y el empeño histórico propio y característico surgieron a partir del siglo VIII, tras la conquista islámica. Esta, y, sobre todo, la reacción posterior contra ella, constituyeron los factores formativos y distintivos de la historia de España. Lo verdaderamente singular y determinante fue el largo proceso, con frecuencia interrumpido, conocido como Reconquista, que no tiene equivalente en la historia de ningún otro país del mundo. Es cierto que son muchas las naciones que descubrieron tierras y crearon imperios en ultramar —aunque España fue la primera—, pero ninguna perdió la mayor parte de su territorio y de su población por la invasión de otra civilización, que además implantó una religión y una cultura exóticas, y, posteriormente, a partir de una pequeña minoría de la población peninsular, consiguió no solo reconquistar todo el territorio, sino, además, restablecer su religión y su cultura. José Ortega y Gasset, filósofo especialmente hábil con las palabras, dijo en cierta ocasión que «no se puede llamar reconquista a algo que duró ocho siglos». Pero ¿por qué no? Hay procesos históricos de todas las extensiones, algunos muy breves y otros extremadamente largos.

La invasión islámica dejó muy débil y fragmentada la pequeña zona de la Península que los musulmanes no quisieron o no pudieron conquistar, y, de hecho, los nuevos principados cristianos no lograron un Estado unido hasta el final de la Reconquista. El proceso fue interrumpido con frecuencia, y aunque al principio no constituyera, ni mucho menos, un ideal o una meta para la mayoría de sus protagonistas, al final llegó a ser una realidad coronada con el éxito total.

Actualmente está de moda decir que España no es ni una nación ni una cultura, y que la palabra hace referencia tan solo a un Estado y a un territorio geográfico. Es cierto que el problema de la unidad ha sido fundamental en la historia del país, resuelto —y solo en parte— por la gran Monarquía Hispánica de los siglos XVI y XVII, y posteriormente por su sucesora, la monarquía borbónica del siglo XVIII. Pero en la Edad Media, como ha demostrado José Antonio Maravall, ya había una identidad general —y no meramente geográfica— formada por aspectos importantes de la cultura, las instituciones y las leyes, por las relaciones entre las distintas dinastías, por el traslado de la población y, en ocasiones, por una empresa común. En los siglos XVI y XVII nadie dudaba de que España era una sola entidad y, además, bastante temida. Todos los sujetos de la monarquía se llamaban a sí mismos «españoles», y así eran conocidos en otros países. Sin embargo, no había un Estado completamente unido que tuviera las mismas instituciones y leyes para todos sus habitantes. La Monarquía Hispánica de los Trastámara y los Habsburgo fue una monarquía «compuesta», una condición que, de un modo u otro, existía en casi todas las monarquías europeas de la época. Alemania, por ejemplo, tenía muchas más jurisdicciones internas diferentes, si bien es cierto que España, aunque nación histórica y una de las más antiguas de Occidente, encontró muchas más dificultades para transformarse plenamente en una nación moderna, sobre todo desde un punto de vista político.

Formato:  pdf Comprimido:  Sí Peso:  13.45 MB Lenguaje:  Español

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