Manual para mujeres de la limpieza

Lucia Berlin fue la amiga más íntima que he tenido. También fue una de las escritoras más insignes con quien me he topado.

De eso último quiero hablar aquí. Su extraordinaria vida —llena de color, de aflicciones, y del heroísmo que demostró especialmente en su cruenta batalla contra el alcohol— se evoca en la nota biográfica del final.

La escritura de Lucia tiene nervio. Cuando pienso en ella, a veces imagino a un maestro de la percusión tras una batería enorme, tocando con ambas manos indistintamente una serie de tambores, tom-toms y platillos, mientras controla los pedales con los dos pies.

No es que su obra sea percusiva, es solo que pasan muchas cosas a la vez.

La prosa se abre camino a zarpazos en el papel. Desborda vitalidad. Revela.

Un curioso cochecito eléctrico, alrededor de 1950: «Parecía un coche cualquiera, salvo porque era muy alto y corto, como un coche estampado contra una pared en una tira cómica. Un coche con los pelos de punta».

En otro lugar, delante de la Lavandería Ángel, frecuentada por viajeros de paso:

Colchones sucios, tronas herrumbrosas atadas al techo de viejos Buick abollados. Sartenes aceitosas que gotean, cantimploras de lienzo que gotean. Lavadoras que gotean. Los hombres se quedan en el coche bebiendo, descamisados.

Y la madre (ah, la madre):

Siempre te vestías con esmero. Liguero. Medias con costura. Una combinación de raso salmón que dejabas asomar un poco a propósito, solo para que aquellos campesinos supieran que la llevabas. Un vestido de gasa con hombreras, un broche con brillantes diminutos. Y tu abrigo. Aunque solo tenía cinco años, ya me daba cuenta de que era un abrigo viejo y raído. Granate, los bolsillos manchados y percudidos, los puños deshilachados.

Si un rasgo caracteriza su obra, es la alegría. Un bien precioso, más escaso de lo que cabría esperar. Balzac, Isaak Bábel, García Márquez acuden a la mente.

Cuando la ficción en prosa es tan expansiva como la de Lucia, se convierte en una celebración del mundo. A lo largo de la obra, se desprende una alegría que ilumina el mundo. Constata la efervescencia irrefrenable de la vida: humanidad, lugares, comida, olores, colorido, lenguaje. El mundo visto en su perpetuo movimiento, en su inclinación a la sorpresa e incluso al goce.

Va más allá de si el autor es o no pesimista, si los sucesos o emociones evocados son alegres. La tangibilidad de lo que se nos muestra es una afirmación rotunda:

La gente en los coches de alrededor comía cosas jugosas. Sandías, granadas, plátanos amoratados. Las botellas de cerveza espurreaban los techos, la espuma se derramaba por los laterales de los coches. […] Tengo hambre, gimoteé.

La señora Snowden había previsto eso. Su mano enguantada me pasó unos hojaldres de higo envueltos en un kleenex que olía a talco. El hojaldre se expandió en mi boca como las flores japonesas.

A propósito de esa «alegría»: no, no es omnipresente. Sí, hay historias de una crudeza sin paliativos. A lo que apunto es al poso que dejan.

En «Perdidos», pongamos por caso. El final es tan conmovedor como una balada de Janis Joplin. La chica adicta, delatada por un amante inútil que es el cocinero y supervisor en el centro de desintoxicación, ha intentado seguir el programa, ha ido a las sesiones de grupo, ha sido buena. Y entonces huye. En una camioneta, con un viejo gaffer de un equipo de rodaje, se dirige a la ciudad.

Llegamos a lo alto de la loma, con el ancho valle y el río Grande a nuestros pies, la sierra de Sandía preciosa de fondo.

—Verá, jefe, lo que necesito es dinero para comprar el billete de vuelta a Baton Rouge. Son unos sesenta dólares. Si no le va mal, ¿me los podría dar?

—Tranquila. Tú necesitas un billete. Yo necesito un trago. Todo se andará.

También como una balada de Janis Joplin, el final tiene cadencia.

Por supuesto, al mismo tiempo, un humor desenfrenado anima la obra de Lucia. Al tema de la alegría, le es afín.

Ejemplo: el humor de «502», en el que se relata un episodio de alcohol al volante… sin que haya nadie al volante. (La conductora está dormida en su casa, borracha, cuando el coche aparcado echa a rodar calle abajo). Un colega borracho, Mo, dice: «Gracias a Dios que no iba usted dentro, hermana […] Lo primero que hice fue abrir la puerta del coche y dije: “¿Dónde se ha metido?”».

En otro relato, la madre: «Odiaba los niños. Una vez la fui a buscar a un aeropuerto cuando mis cuatro hijos eran pequeños, y chilló “¡Quítamelos de encima!”, como si fueran una manada de dóbermans».

No es de extrañar que a veces los lectores de Lucia hayan hablado de «humor negro». Yo no lo veo así. Su humor era demasiado divertido, y no tenía hacha que afilar. Céline y Nathanael West, Kafka: el suyo es un territorio distinto. Además, el humor de Lucia es vivaz.

Pero si en su escritura hay un ingrediente secreto, es la impetuosidad. En la prosa misma, el viraje y la sorpresa producen un dinamismo que es una impronta de su estilo.

Su prosa se sincopa y salta, cambia de tono, cambia de tema. Ahí reside buena parte de su chispa.

La velocidad en la prosa no es algo de lo que se hable a menudo. Desde luego no lo suficiente.

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