El Hombre Culebra: La Historia que estoy Contando

Mayona Un ser hermoso, puro y candoroso

Argimiro González, se reconoce indio “omocaro” que de haber existido realmente tal designación indígena, debió tratarse de una facción gayón, cuyo verdadero autogentilicio, desaparecido fue “Cocuy”, pero Argimiro se dice “omocaro” porque nació en Humocaro Alto, bello pueblo andino del Estado Lara, Venezuela; perteneciente al Municipio Morán a cuya capital, El Tocuyo, llegó a muy temprana edad. Allí creció, en una vida no por humilde menos intensa, enriquecedora y altamente propicia para su temprana formación a base de las muchas disciplinas y actividades desarrolladas plenamente por este polifacético venezolano a lo largo de su prolífica existencia.

Él, su madre y sus hermanos residieron, en el barrio “La Manga”, cuartel general de sus constantes correrías por El Tocuyo, lo que él reconoce en su autobiografía, cuando dice: “…yo fui un muchacho de la calle”. Humilde muchacho del pueblo pobre de Venezuela que calzaba chancletas amarillas de goma y vestía “chores” cortos como vestuario elemental de niño que así y todo maravillado por la música y las artes del juego de garrote, se iba tras los grupos de golperos por los campos morandinos de los caseríos: “Cujisal”, “Cimarrona”, “El Cardonal”, “Los Patios”, el desaparecido bajo el agua “El Lamedero”, “Las Palmas” y muchos más.

En estos caseríos frecuentaban: “Los Hermanos Pérez”, el famoso Ché María Giménez, el no menos célebre Don Pío Alvarado, “Los Hermanos Gómez”, Demetrio Brito, Alejandro Puerta, Roberto Fréitez y lo que podría ser una interminable lista de autores e intérpretes de la música popular tocuyana o habilídísimos luchadores del garrote o meritorios bailadores de tamunangue, de cuyas vidas, hazaña y obra se ocupará este acucioso investigador en un momento estelar de su existencia.

Hasta tanto, la vida de Argimiro transcurre en un ambiente de niño que el adulto recuerda como momentos de felicidad, yendo al cine, saltando, peleando, jugando trompo, metras, elevando papagayos, compitiendo en divertidas carreras de saco, montando en burro, bañándose o ejecutando clavados en los pozos del río.

En una parte de su autobiografía recuerda: “. que uno hacía apuestas de quién aguantara más debajo del agua, quién se zumbara más alto desde los palos de cují…”, diversiones que para Argimiro, fueron las que le permitieron “…desarrollar la elasticidad de mi cuerpo, condición que me ha permitido aventurar y desarrollar ese potencial, años más tarde en las artes marciales”. Igualmente menciona las comidas más comunes de su infancia: mondongos, empanadas, arepas peladas.

Este complejo proceso de su infancia y adolescencia fue una formidable escuela que luego complementó con estudios formales en el Instituto del Menor en “El Eneal”, Municipio Crespo del Estado Lara, donde adquirió conocimientos básicos en ciencias de la cría, la agricultura, carpintería, herrería y algunas otras. De ese tiempo Argimiro recuerda con especial cariño a su maestro Cheo Hernández Prisco de quién recibió magníficas enseñanzas y trato.

Se residencia en Caracas y allí, mientras trabaja en diversos oficios, estudia Kung fu, disciplina de defensa personal que lo apasionará no sólo de practicarlo hasta la excelencia sino enseñándolo en libros o en talleres que dicta durante una buena etapa de su vida y es por ello que escribe: “. he aprendido y compartido”- porque cree que – “. como venezolano estoy en el deber y en la obligación de aprender para enseñar; de recoger para transmitir estos conocimientos a las nuevas generaciones…”, un propósito generoso cumplido a cabalidad por este sencillo maestro venezolano “…por mis manos – dice – han pasado más de 10.000 niños y niñas y adolescentes en todo el Estado Lara”.

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