Ámame para que me pueda ir: De la familia obligada a la familia escogida. Padres e hijos, desde la ecología emocional

La vida consiste en hacer lo que se es. Lo que pasa es que uno nunca sabe muy bien lo que es y cuesta mucho trabajo adivinarlo.
José Luis Sampedro

¿Lo has dicho alguna vez?

  • Los padres tenemos el deber de hacer felices a nuestros hijos
    No tenemos que «hacerles felices», tenemos que educarles para que ellos sean capaces de construir su felicidad. Y su felicidad será la consecuencia de que se dirijan hacia «un recto objetivo» y una consecuencia del cumplimiento de lo que son y pueden llegar a ser.
  • Si me lo puedo permitir, ¿por qué no voy a dárselo?
    No vamos a dárselo porque tenemos que enseñarles a conseguir las cosas por sí mismos. Sólo así van a valorar lo que tienen y también lo que no tienen. Aunque nos lo podamos permitir, es importante que aprendan a invertir esfuerzo, tiempo y trabajo para lograr lo que necesitan y desean, y entiendan que en la vida ni todo es rápido ni todo es fácil.
  • No quiero que les falte de nada
    La sobresaturación elimina la capacidad de desear y también hace que no se valoren las cosas ni las personas. Es importante que les falte de algo o que, por lo menos, no lo tengan todo. Educar en la austeridad y en el buen uso de los recursos disponibles y hacerles entender que no están solos en el mundo es algo esencial. La solidaridad y la generosidad son valores muy ecológicos.
  • ¡Que haga lo que quiera, ahora que puede!
    La ausencia de límites tiene unos efectos catastróficos en la vida. Debemos aprender a hacer lo que es necesario hacer, aun cuando no lo deseemos ni nos sea cómodo, así seremos capaces de hacer lo que realmente queramos cuando llegue el momento de luchar por nuestros sueños. Nadie nace educado ni con su voluntad construida. La conciencia de límites es un referente imprescindible para nuestros hijos puesto que les va a facilitar su capacidad de exploración y también de infracción —saltar los límites cuando llegue el momento—.
  • ¡Mientras vivas aquí harás lo que yo te diga!
    No debemos confundir autoridad con ser autoritario. La comunicación nos permite construir puentes fuertes en la relación con nuestros hijos. Es importante marcar límites pero también lo es negociar, pactar y llegar a acuerdos. Esto no se consigue ni rápido ni se improvisa de repente. Para tener autoridad sobre ellos deberemos trabajar la coherencia y la dignidad personal.

Cuestión de equilibrio

El poeta Coleridge recibió un día la visita de un admirador. Cuentan que en el transcurso de la conversación, surgió el tema de la niñez y la educación:

—Creo —afirmó con rotundidad el visitante— que debe dejarse a los niños en total libertad para que piensen, actúen y tomen sus propias decisiones desde muy pequeños sin que nosotros intervengamos. Sólo así podrán desarrollar al máximo toda su potencialidad.

—Ven a ver mi jardín de rosas —le dijo Coleridge, acompañando a su admirador hasta el jardín.

Al verlo, el visitante exclamó:

—¡Pero esto no es un jardín… esto es un patio lleno de maleza!

—Solía estar lleno de rosas —dijo el poeta— pero este año decidí dejar a las plantas de mi jardín en total libertad de crecer a sus anchas sin atenderlas. Y éste es el resultado.

Más libres que nosotros

Aprendemos la agresividad o la benevolencia, la capacidad de amar, o la anestesia afectiva, el miedo, el optimismo o el pesimismo. Es un largo aprendizaje mediante el cual construimos estos «hábitos del corazón» que, a veces, tanto nos cuesta desaprender.
José Antonio Marina

Nietzsche afirmó que la finalidad de la educación de los hijos es poner en el mundo personas más libres de lo que nosotros somos. Jacques Delors considera que la educación es la utopía necesaria y el único recurso sensato para escapar a la desesperación y al cinismo. Ayudar a nuestros hijos a que descubran quiénes son es parte de nuestra misión como padres: ¿Cómo educamos? ¿Para qué educamos? ¿Cómo gestionamos nuestros «hábitos del corazón»?

De estos y muchos otros temas vamos a tratar en este libro. Trataremos de cómo amar mejor a nuestros hijos para que sean capaces de irse con amor. Os proponemos construir un amor que no les aprisione, sino que les libere; un amor que les permita ser ellos mismos sin depender de nosotros. Se trata de amarles bien para que sean valientes de arriesgarse a amar y vivir una vida plena y con sentido.

Sabemos que la principal vía de la educación afectiva es el aprendizaje mediante modelos. Todos influimos, de forma más o menos consciente, en la educación de niños y adolescentes, pero es dentro del entorno familiar donde empiezan a forjar y a construir la base del futuro adulto que serán. La educación afectiva de los hijos debe partir, siempre, de la educación y crecimiento afectivo de los padres y adultos con los que conviven. Sólo así será posible que se conviertan en personas sanas y emocionalmente equilibradas y fuertes. Sólo así se podrán ir.

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