Los hijos del rey vikingo: Venganza – Lasse Holm [MultiFormato]

Tiembla de frío en su cárcel subterránea. Sólo le cabe adivinar el tiempo que lleva aquí. Podrían ser horas o días. Incluso semanas. Su percepción del tiempo ha desaparecido en la oscuridad.

Un estridente chirrido le hace levantar la cabeza. Le deslumbra el parpadeo amarillo y naranja de una antorcha en el lejano hueco de la parte superior. Se estira hacia la luz. Una mano sostiene un cestillo y vacía su contenido. Algo blando le cae encima. Primero cree que son cuerdas, trozos de soga, que se enredan en sus brazos y hombros, allí donde tocan. Hasta que con un estremecimiento se da cuenta de que son serpientes.

Grita instintivamente, apartando lejos de sí los huidizos reptiles, que se enroscan sobre el suelo junto a los laterales del pozo. Con la respiración agitada se queda quieto para inspeccionarse. No le han mordido. Sus gruesas calzas de piel y la túnica de cuero lo han protegido.

La trampilla da un golpe y la oscuridad vuelve. Las serpientes reptan por los costados curvos del suelo. Como él, ellas tampoco pueden escapar.

Después de algún tiempo, las bisagras vuelven a chirriar. En esta ocasión él se aparta. Ya no espera nada bueno del mundo de arriba.

Para su sorpresa, un columpio desciende. Choca un par de veces contra las paredes curvas del pozo antes de llegar hasta él. Agarra el asiento de madera. Alguien tira del otro extremo de la cuerda…, una llamada impaciente. Con lentitud, como temiendo ser engañado, coloca los brazos a través del nudo corredizo, estira el columpio más abajo, alrededor de su tronco, y empuja el asiento debajo de él.

Enseguida obtiene la recompensa. Las suelas escapan del enlosado. Por un instante se deleita con el soplo de libertad del ascenso. Entonces se ve rodeado por la luz de la antorcha. Unas manos fuertes lo agarran por ambos lados sujetándolo firmemente. Con premura y rudeza cortan su túnica de cuero en pedazos. Revientan sus calzas de piel. Cercenan las tiras de cuero que atan sus zapatos. Al final se encuentra desnudo delante de sus dos guardianes. Aunque las facciones de los hombres se diluyen ante su mirada, acierta a ver que uno de ellos tiene un gran chichón amoratado en la frente.

Las manos tiran de él. Piensa que ahora lo llevarán ante un tribunal, que escuchará las acusaciones inventadas y será condenado según una sentencia pronunciada de antemano. Irá a su encuentro con empeño y desdén. Todo lo afrontará con la cabeza alta. Se reserva una vigorosa respuesta para cuando le pregunten si tiene algo que decir. Se ha preparado para todo, con excepción de lo que va a suceder.

La tierra se abre bajo sus pies. Sin otra reacción que un gruñido de sorpresa desaparece de su superficie. Tras bajar la mitad de la longitud de un hombre, el nudo del columpio se tensa fuertemente en su pecho y en sus axilas al detener la caída. Aturdido cuelga libremente en el aire mientras se da cuenta de que lo han vuelto a meter en el agujero. Un instante después se encuentra otra vez de pie sobre el enlosado. La frialdad de éste sube a través de las desnudas plantas de los pies. Se libera y sigue el vuelo del columpio hacia el cielo. Se protege con la mano de la luz de la antorcha mientras se sorprende de que no hayan cerrado la trampilla de inmediato.

Una antorcha proyecta la sombra de una cesta trenzada. Agitan la cesta hasta vaciar su interior.

Cuando las serpientes lo alcanzan se ve dominado por el pánico. Nota un mordisco que penetra a través de la piel de un tobillo. Después, un nuevo mordisco en el antebrazo. Y un tercero en el muslo.

Sabe que todo ha terminado.

Al abrirse la trampilla por tercera vez apenas tiene conciencia. Su cuerpo entero runrunea y zumba como si tuviera hormigas bajo la piel. Sus párpados están tan hinchados que apenas puede ver. Su garganta, casi obstruida. El hedor del vómito y las deposiciones que no ha sido capaz de retener hace retroceder de manera instintiva a las siluetas de la parte superior. Con su último aliento logra recitar una mezcla de maldición y juramento que había preparado en la oscuridad.

«Si los cerdos supiesen lo que el verraco tiene que padecer —exclamó—, llamarían a la lucha y asaltarían la pocilga».

Yo no estaba presente. Sólo escuché de otro lo que sucedió. Pero estoy convencido de que fue así como Ragnar Lodbrog terminó sus días.

Y su muerte conllevó la caída de un reino.

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